Comer y ser comido

Cuando las cebras se aventuran a cruzar el río, el cuál está sobre-poblado de cocodrilos e hipopótamos, inevitablemente una (dos, o tres) no llegan al otro lado. Los cocodrilos las atacan. Uno le muerde la nalga, otro le desgaja un trozo rallado de muslo, las dos le sacan chillidos de dolor, de angustia, de miedo o de advertencia a sus congéneres: ¡corran! Se escucha otro y otro y otro chillido, luego ya no más. La cebra caída desparece en el agua. Se ve el revoloteo del agua, el movimiento de los cocodrilos. Sus cuerpos dan de vueltas, vemos sus panzas blancas, sus dorsos verdes, sus panzas blancas, sus dorsos verdes. El agua se tiñe de rojo, pero solo en un lugar y solo por un instante. Sale la cara de un cocodrilo masticando un pedazo de cebra que logró arrancar torciéndola. Mientras se despliega el acto vital que es la muerte, los hipopótamos no se mueven, ni si quiera queda claro que están observando. Sus ojos salen como rocas en la superficie del agua, sus cuerpos parados en el fondo del rio. No se quitan, los hipopótamos impávidos, pareciera que ni se enteran.



Comments